Sinopsis

1 portada ebook el trato más dulce

 Lucy está a punto de hacer un trato que cambiará su vida… 

Desde niña, a Lucy la ha acomplejado su apariencia. Aunque es una brillante asesora de negocios, se siente invisible para los hombres. Después de vivir una humillante situación, decide que las cosas no pueden seguir así. Necesita un cambio y lo necesita ya.

La solución viene de la mano de Max, un atractivo personal trainer que sueña con tener su propio negocio. Max es esforzado y perseverante, pero no demasiado hábil como emprendedor.

El trato es simple: Lucy asesorará a Max con su empresa y, a cambio, él le ayudará a mejorar su aspecto y a conseguir el amor del hombre de sus sueños.

¿Qué podría arruinar un arreglo en apariencia tan ventajoso? Nada… excepto el amor.
¿Podrá Max emparejar a Lucy con otro cuando descubra que la quiere para sí? 

No te pierdas esta dulce comedia romántica.

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Capítulo I. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas 

Lucy

—Por favor, finja que está hablando conmigo —supliqué a la desconocida sentada a mi lado.

Había llegado a esa plaza hacía cinco minutos a tomar aire luego del taller de negocios que acababa de dictar. Buscando el silencio, me senté en un banco al lado de una abuelita que leía una revista, la misma señora que ahora me miraba como si yo estuviera loca.

Estaba frotándome las sienes para disolver un repentino dolor de cabeza cuando de pronto lo vi.

Alan.

Alan y Carolina. Maldición. ¿Por qué? ¿Por qué? Había dejado de ir a todos los lugares donde podría topármelo. ¿Por qué tenía que aparecer justo ahora y más encima acompañado de ella?

—Hábleme de algo, se lo suplico —murmuré de nuevo a la abuelita.

Su mirada confusa me observó a través de los lentes antes de mirar a un niño que se columpiaba a unos metros de donde estábamos sentadas.

—¿De qué quieres que te hable? —preguntó con nerviosismo.

—De cualquier cosa, de lo que sea —Incliné la cabeza de modo que el cabello me tapara el rostro. Qué vergüenza; seguro me veía igual que la niñita mala de una película de terror—. Es solo para que no me vean.

Ella siguió la dirección de mi vista y sus ojos cayeron sobre la sonriente pareja que en cualquier momento pasaría al lado de nuestro asiento. Pareció comprender.

—Este… bueno, el niño que se está columpiando es mi nieto —dijo.

—Ajá, muy bien —Se me apretó el estómago al escuchar la voz de Alan. Estaba a metros de nosotras; cerca, muy cerca—. Hábleme de su nieto.

No capté nada de lo que dijo. Solo oí los pasos de Alan y ella acercándose. Dejé de respirar cuando pasaron delante de nosotras. Únicamente volví a tomar aire cuando las pisadas se desvanecieron.

—¿Se fueron? —susurré.

—Sí. No creo que te hayan visto.

Me giré y eché un vistazo furtivo a la pareja que ya se encontraba en la otra esquina. Solo entonces me erguí soltando una exhalación de alivio. Me aparté el pelo de la cara y agradecí la ayuda a la señora.

—No hay de qué —respondió ella, dándome una mirada compasiva—; es el deber de una mujer ayudar a otra, especialmente a las de tu estado.

—¿Mi estado? —repetí sin tener idea a lo que se refería.

—¿Estás embarazada, no? —preguntó señalando mi estómago.

¡¿Qué?!

Las únicas maneras de embarazarse eran por acción en la cama (que no tenía hace años) o por gracia divina. Dada mi pésima suerte con los hombres, incluso encontraba más probable la segunda. La pregunta tenía gracia de una manera irónica, pero no me reí; al contrario, se me llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Uy, perdona! —se apresuró a decir ella, dándose cuenta de que había metido la pata—. Es que yo te miré y pensé…

La tranquilicé diciéndole que no importaba, que un error lo cometía cualquiera, pero ambas estábamos horriblemente incómodas. Casi de inmediato ella se despidió de mí, tomó la mano de su nieto y abandonó la plaza.

Me puse a llorar tan pronto me quedé sola. Como siempre lloré por Alan, porque aun después del tiempo que había pasado y del daño que me había hecho, todavía no era capaz de superarlo. También lloré por mí. ¿En qué minuto me había descuidado tanto que incluso daba la impresión de estar embarazada?

Cuando era adolescente ya me veía rellenita (o “saludable” citando a mi abuela), pero a mis veintinueve años pesaba más que en ese entonces. Doce kilos extra tal vez no sean tantos, pero cuando se te acumulan en la zona del abdomen dentro de un escaso metro cincuenta y ocho, cambia la cosa. 

Al llegar a mirarme al espejo de mi casa, descubrí que el resto del panorama no era mucho mejor. Mi pelo castaño caía interminable y sin forma como por mandato bíblico y mi piel, antes de un lozano blanco, ahora estaba opaca. Mis ojos cafés habían perdido todo brillo. Increíble que ese fuera el mismo rostro que Alan dijo alguna vez que era precioso.

—Lucía, eres muy joven para verte como la versión triste de una panadera de los Alpes —me dije, consciente de que había tocado fondo.

Estaba harta de que la ropa me apretara, de odiar mi imagen en las fotos, de cansarme por cualquier cosa, de sentirme pesada e incapaz de gustar a ningún hombre. Ya había sido suficiente. En ese instante me prometí volver a sentirme bien conmigo misma. Fue esa decisión la que me llevó a conocerlo a él.

 

Situaciones desesperadas exigen medidas desesperadas, me dije para darme ánimos frente a la puerta del gimnasio.

Odiaba los gimnasios. Vale, nunca me había inscrito en ninguno, pero los odiaba igual. Tanta gente esbelta y sudada, como salida de un videoclip de Enrique Iglesias me causaba desconfianza. (Y me acomplejaba, para qué negarlo). Aun así tomé la decisión de matricularme; era la única opción que me quedaba que no fuera hacer dieta. Me negaba a renunciar a las rosquillas. Iban a tener que acusarme de estar esperando trillizos antes de pensar en dejarlas.

Elegí el gym del Parque Araucano, a tres calles de mi edificio, y partí a inscribirme una soleada mañana de primavera. Nadie que no haya visto Santiago despertar después de un día de lluvia, sabrá lo bella que puede ser esta ciudad. La cordillera ese día se alzaba imponente y nevada en medio de un despejado celeste. Las hojas de los árboles se mecían al compás de una brisa fresca con aroma a cerezos en flor. La atmósfera era tan tranquila que uno habría podido imaginar que estaba en un encantador pueblito cordillerano si no hubiera sido por los destellos de los rascacielos que bordeaban el parque.

En el gym, pregunté por los programas de entrenamiento a una delgada chica. Ella me condujo a su escritorio y me mostró los planes. Sus precios eran acordes a unos de los gimnasios más exclusivos del país. Por suerte el dinero no era un problema. Hacía tres años había fundado una exitosa consultora de negocios juntos a dos amigos; nos iba tan bien que incluso habíamos estado nominados al premio nacional de emprendimiento. Nada nos gustaba más que ayudar a nuestros clientes a sacar adelante sus empresas.

—Espérame un minuto para traer a un profesor que te muestre el gimnasio —dijo la chica, levantándose de su asiento.

Volvió acompañada del hombre más hermoso que había visto en la vida. Y no, no sentí mariposas ni me flaquearon las rodillas, pero sí que me quedé muda de la impresión. Nunca había visto un hombre tan guapo (Chris Evans en Capitán América no cuenta, me refiero a vivo y en directo). Era alto, altísimo, debía medir por lo menos un metro noventa. Su físico era musculoso y triangular, tipo luchador, pero su rostro era el de un ángel: facciones armónicas, deslumbrantes ojos azules y nada de barba. Solo su cabello rubio cortado al ras, tipo comando, no correspondía con la imagen angelical. Llevaba pantalones negros de buzo y una camiseta manga corta que se ceñía a su torso.

—Soy Gabriel —se presentó con una sonrisa.

Mmm, “Gabriel”. Qué bello. Hasta nombre de ángel tenía.

—Lucía —Me puse de pie y le tendí la mano. Como era baja y nunca usaba tacos, tuve que reclinar la cabeza más hacia atrás de lo habitual para poder mirarlo.

—Acompáñame por favor para mostrarte las instalaciones —dijo.

El gym era moderno y amplio, con una hermosa cúpula de vidrio que lo dotaba de luz natural. En el primer nivel se encontraban las salas de clase y las máquinas, mientras que en el nivel inferior había dos enormes piscinas temperadas de veinticinco metros, una para nado en línea y otra equipada con chorros de hidromasaje y jacuzzi.

En medio del recorrido, Gabriel me preguntó de dónde era, qué hacía, esas cosas… Aunque eran preguntas de lo más triviales, hacía tanto tiempo que ningún hombre se interesaba en saber de mí, que me puse absurdamente contenta.

Al finalizar el tour, la mirada luminosa de Gabriel cayó sobre el estampado de mi vieja camiseta.

—Así que te gusta La Guerra de las Galaxias —comentó.

Bajé la vista con vergüenza. ¿Por qué justo ese día tuve que ponerme esa camiseta? Era una nerd de la ciencia ficción, pero no había necesidad de gritárselo al mundo.

—Es una de mis películas favoritas —respondí algo cortada.

—También de las mías. De niño, soñaba con ser un Jedi —dijo como quien hace una confidencia.

Ah, qué encantador. Volví a sentirme cómoda de inmediato.

—Apuesto a que tus ganas de ser Jedi no eran mayores que las mías.

—Creí que las chicas preferían ser la princesa Leia.

—Leia es genial, pero no creo que nada se compare a las habilidades Jedi; ya sabes, pilotear naves, usar espadas láser, estar entrenado en combate, mover objetos con el poder de la mente…

No sé cuánto rato estuve hablando antes de darme cuenta de que él me observaba con expresión de humor.

Cállate, Lucía.

—Y sobre todo, no olvidemos el poder de saber cuándo cerrar la boca —agregué abochornada—. Ojalá yo lo tuviera.

Él rompió a reír.

—Eres divertida —dijo y me dedicó la sonrisa más encantadora que hubiera recibido jamás.

¡Madre mía! Lo que nunca creí posible pasó en ese instante: la maldición de Voldemort se rompió. Voldemort era un personaje de Harry Potter tan malvado que le decían “el innombrable”, de ahí que ese fuera el apodo de mi ex. Desde que Alan me había dejado hace cuatro años, no había vuelto a sentirme atraída por nadie. Nada, ni una pizca… Tenía terror de que Alan me hubiera dañado tanto, que mi corazón hubiera perdido para siempre la capacidad de acelerarse por alguien más, por eso no lo podía creer cuando se estremeció gracias a la preciosa mirada de Gabriel. Y eso que yo no era una mujer impresionable. En mi trabajo solía tratar con hombres guapos y nunca antes me había quedado hipnotizada. Aunque estaba acostumbrada a sus halagos (“inteligente”, “responsable”, “eficiente”), nunca me habían llamado divertida ni tampoco me habían sonreído así. Para ser honesta, no es que recibiera muchas sonrisas masculinas que digamos.

Podría haber estado horas contemplando a mi angelito, pero una voz masculina a mis espaldas me sacó de mi trance.

—Gabriel, te necesitan en recepción. Llegó tu alumna de las once.

Me di vuelta y dediqué una mirada rápida al dueño de la voz, un guapísimo moreno. Estaba vestido igual que Gabriel, por lo que también debía ser entrenador. ¡Vaya! ¿De dónde sacaban a los profesores de este gimnasio? ¿De una escuela de modelaje?

—Ya voy, Max —respondió Gabriel a su colega sin dejar de mirarme a mí—. Tengo que irme Lucía, pero me ha encantado conocerte. ¿Vas a tomar un plan de personal trainer?

—No lo sé aún. No había pensado en eso, la verdad.

—Piénsalo, es la mejor forma de alcanzar resultados rápidos. En lo personal será un placer para mí entrenarte —sonrió.

Su sonrisa encantadora me aceleró el corazón. Definitivamente el placer sería todo mío.

—Ya te contaré qué decido —respondí nerviosa—. Hasta pronto y que la fuerza te acompañe —solté antes de darme cuenta.

¡Nooo! ¿En serio acabo de decir eso? Loser.

Para mi alivio, el rompió a reír.

—Que la fuerza te acompañe a ti también, chica Jedi.

En serio, él era adorable.

Gabriel se despidió de mí con un beso en la mejilla. Me quedé parada sintiendo una exquisita calidez en el lugar que habían tocado sus labios. Tuve que reprimir un suspiro. No es que creyera que un hombre tan hermoso como él podría fijarse alguna vez en una mujer baja y rellenita como yo, pero el solo hecho de que hubiera roto la maldición, ya me llenaba de alegría. Necesitaba conocerlo más.

Volví donde la chica que me había atendido y me matriculé de inmediato.

—Tu inscripción da derecho a que uno de nuestros entrenadores te haga una rutina de ejercicios —dijo ella—. ¿Te parece bien reservar una sesión con Gabriel el martes a las 19:00?

—Me parece perfecto.

Verdaderamente perfecto. En menos de tres días tendría una hora completa junto a Gabriel, solos él y yo. Apenas podía esperar.   

 

Capítulo II. Lo llamaremos

 Max

 

La secretaria levantó el teléfono y preguntó a su jefe si podía recibirme. Esperé la respuesta con el estómago hecho un puño rogando no llevarme otro chasco.

—Lo siento —Ella colgó el auricular—. No puede atenderlo.

Mierda. No de nuevo. Desde hacía meses que buscaba venderles a las grandes tiendas una línea importada de zapatillas. Había perdido miles de horas tratando de conseguir una cita con los altos ejecutivos sin ningún éxito. Ni los correos electrónicos ni los llamados tuvieron resultados, por lo que empecé a ir en persona. Esta era la sexta vez que alguna secretaria me despachaba sin darme ni una oportunidad.

—Serán solo unos minutos —insistí—. Quiero mostrarle a su jefe unas zapatillas que de seguro le interesarán.

—Para que él evalúe su producto, primero necesita llenar este formulario —Ella me tendió una hoja antes de ponerse a teclear en su computador.

Me dieron ganas de romper el maldito papel. ¿Cuántos formularios había llenado para no tener ni la menor respuesta? Respiré hondo, tratando de calmarme.

—Ya lo hice —dije—, repetidas veces. Nadie respondió. Ni siquiera sé si lo leyeron, por eso necesito hablar con su jefe. Cinco minutos, es todo lo que pi…

—Llene el formulario —me cortó la secretaria en tono hostil, haciendo un gesto de despedida con la mano—. Mándelo por correo cuando lo tenga listo. Nosotros lo llamaremos si lo necesitamos.

Exhausto, física y mentalmente, salí de la oficina y fui al estacionamiento. Me dejé caer en el asiento del conductor de mi Chevrolet de segunda mano. Mi mirada cayó sobre el volante mientras la sensación de fracaso me invadía otra vez.

Nunca antes había dudado de mis capacidades. Si bien en el colegio era del montón, me daba igual porque las materias me aburrían. Lo que sí me gustaba era el deporte y en eso era bueno. Así fue como me convertí en personal trainer y entré a trabajar en uno de los mejores gimnasios del país. Aunque el trabajo me gustaba y no ganaba mal, lo que yo de verdad quería era tener mi propio negocio.

Un día en el gimnasio conocí a Roberto, el gerente de una gran cadena de retail. Esa tarde yo llevaba unas zapatillas de alta tecnología que había comprado en Estados Unidos. Roberto al verlas comentó que podrían interesarle a la cadena. Fue ahí cuando surgió mi idea de convertirme en proveedor de grandes tiendas. Aunque no sabía del tema, tenía el emprendimiento en la sangre e invertí la mitad de mis ahorros importando cientos de zapatillas. Craso error. A Roberto poco después lo despidieron y me quedé sin conocer a nadie del mundo del retail. Me había pasado los últimos cuatro meses contactando a las grandes tiendas, pero se limitaban a ignorar mi solicitud y ni siquiera sabía la razón, ¿qué diablos estaba haciendo mal?

Necesitaba cambiar algo, pero no tenía idea qué. Ojalá alguien pudiera orientarme.

Con un suspiro, eché a andar el motor y me puse en marcha hacia el apartamento de mi novia. Necesitaba abrazar a Mónica, necesitaba que me sonriera y me dijera que todo iba a estar bien, que el éxito sería solo cuestión de tiempo. Toqué el timbre de su puerta ansiando su apoyo con desesperación porque mi fe estaba extinguiéndose.

—Dijiste que ibas a estar aquí hace una hora, Max  —me soltó ella apenas abrió. Fruncía el ceño y sus ojos verdes me miraban entrecerrados, típico de cuando estaba enfadada. Por desgracia, me había enfrentado varias veces a ese gesto cabreado el último tiempo.

Sin ganas de discutir, me hice el tonto y la saludé con un beso breve.

—Siento la demora —Me dejé caer en un sofá, apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos—. Pasé a ver a un gerente.

—No te fue muy bien al parecer.

—Ya —respondí sin ánimos—. Ven aquí.

Mónica se sentó a mi lado. Tomé entre mis dedos uno de sus mechones castaños y lo acaricié. Ella estaba aun más guapa de lo habitual con esa minifalda que mostraba sus largas piernas. Como había modelado para pagarse la universidad, Mónica estaba acostumbrada a sacarse partido. No es que necesitara ayuda para ser más bella, en todo caso.

Ella me miró con expresión preocupada.

—Max, ¿por qué no lo dejas? —preguntó con voz suave.

—¿Dejar qué?

—Lo de las zapatillas. Siempre estás ocupado y cansado. O andas pensando alguna idea para tu negocio o estás trabajando en el gym. Desde que empezaste con la importación, apenas nos vemos y la verdad es que te extraño.

Yo también la extrañaba pese a lo celosa que era. Llevábamos diez meses juntos y no sabría decir si la amaba, pero sí me gustaba mucho.

Busqué su mano y entrelacé nuestros dedos.

—También te echo de menos, Monita. A mí tampoco me gusta estar siempre ocupado, pero tengo que hacer funcionar lo de las zapatillas para recuperar lo que invertí.

—Es que no entiendo por qué tenías que meterte en eso. Si hubieras tomado más alumnos, habrías hecho más dinero, incluso dedicándole menos tiempo.

—No se trata de dinero; sabes que lo que quiero es tener mi propio negocio. Además tampoco es como si pudiera ser personal trainer toda la vida —Se lo había dicho en otras ocasiones. Los entrenadores teníamos una vida profesional poco más larga que los futbolistas.

—Ya, pero para eso falta mucho. Recién tienes veintinueve años, todavía te queda al menos una década de estabilidad.

—Esa estabilidad es un engaño. Si un día la empresa no te necesita, te echa y ya. Además, ¿qué gracia tiene una vida sin riesgos ni aventura?

Mónica retiró su mano de la mía, meneando la cabeza.

—Eres un idealista, Max. ¿Y si no funciona?

—¿Por qué no habría de funcionar?

—Porque así son los negocios, la mayoría fracasa. Si uno está cómodo en un empleo que te permite pagar las cuentas, mejor no tomar riesgos y conformarse.

No había forma de que Mónica y yo estuviéramos de acuerdo en ese punto. Ni mi familia ni ella lo entendían. Yo no quería comodidad, quería emoción. Deseaba ser mi propio jefe y poner en marcha un sistema que me permitiera ganar más dinero. Quería crear una empresa y verla crecer.

—No tengo ganas de conformarme, Monita. Al menos no sin antes intentar cumplir mis sueños.

—¿Y tu sueño es vender zapatillas?

Pasé por alto la ironía de su voz y respondí:

—Mi sueño es tener un negocio. Lo de las zapatillas fue solo una idea.

—Sí, pero ha sido una idea que te ha quitado tiempo, energía y dinero. Dime, ¿has recuperado algo de lo que invertiste?

—No todavía, pero estoy seguro de que lo haré si sigo esforzándome.

Era una tremenda mentira porque en realidad no estaba seguro para nada.

—Max, tienes que ser realista. Puede ocurrir que lo intentes toda tu vida y al final no consigas nada. A mucha gente le sucede.

¡Zas! Acababa de arrojarme mi principal miedo a la cara. Hubiera dolido menos una patada en los huevos.

—Muchas gracias por el apoyo —Aunque lo dije irónicamente, no estaba enojado sino dolido por su falta de fe en mí.

—Solo estoy tratando de que te des cuenta cómo son las cosas. Los negocios son difíciles. La gente te roba y te estafa. Tienes que andar siempre preocupado y pendiente de todo. Te lo advierto para que después no sufras.

Mónica se puso a enumerar todas las cosas que podrían salir mal, decidida a dejarme en claro que iba directo al fracaso. Yo hacía esfuerzos titánicos para no permitir que sus miedos hicieran aflorar los míos. Me arrepentí de haber ido a visitarla; lo que más necesitaba ese día era un espaldarazo de confianza y al menos esa tarde no lo iba a encontrar con ella. Por suerte el sonido de mi celular interrumpió la película trágica que narraba. Era el número del gimnasio.

—Hola Max —me saludó Cristina, la secretaria del gym—. ¿Puedes llegar hoy una hora antes? Hay una alumna nueva que necesita evaluación y no tengo profesores.

—Claro que sí, voy para allá —solté de inmediato. No quería quedarme ni un minuto más donde Mónica.

—Perfecto —dijo Cristina—. Te dejé agendado a las 19:00 con Lucía Reyes.

Apenas colgué, me enfrenté a la mirada furiosa de mi novia.

—No me digas que te vas, Max.

—Lo siento, tengo que cubrir un turno en el gimnasio.

Nuestra despedida fue cortante. Desanimado, conduje hacia el gimnasio sin imaginar que me dirigía a un encuentro con la mujer que cambiaría mi vida.     

 

Capítulo III. Un condenado al patíbulo

 Lucy

 

¿En qué estaba pensando, Dios mío?

Cuando la chica del gimnasio dijo que Gabriel me haría una rutina de ejercicios, yo me imaginé exactamente eso, una rutina. Pero no, la sesión incluía mucho más.

—Evaluación de peso y grasa, más realización de un plan de entrenamiento —me informó la secretaria cuando llamé ese día para confirmar mi cita.

¿Estaba oyendo bien? ¿Me acababa de decir que tendría que pesarme frente a Gabriel, el único hombre que me había atraído en años? ¿Y que además él me iba a medir la grasa?

—¿Se puede evitar la evaluación y hacer solo el plan de ejercicios? —casi imploré.

—Claro que no —respondió ella en el mismo tono que si le hubiera pedido que me vendiera a su madre—. ¿Cómo sabrá el profesor qué ejercicios recomendarle si no deja que la evalúe?

Maldición. Hasta ahí llegaba mi oportunidad de estar a solas con Gabriel. Prefería comer clavos oxidados antes de mostrarle el peor estado físico de mi vida a mi angelito. Sin nada más que hacer, cancelé la hora y pedí en su lugar una evaluación con una mujer.

Pese al cambio, estaba nerviosa mientras esperaba en la sala de evaluación a la profesora. El lugar estaba lleno de cintas métricas, pesas y aparatos que supuse eran para medir grasa. Aunque el box era frío, me acaloré por los nervios y me tuve que quitar el gigante polerón que llevaba.

De pronto la puerta se abrió. Me paralicé en el asiento.

—Tú no eres una mujer —le solté al recién llegado.

Vaya si no lo era. Era el atractivo moreno que le habló a Gabriel el día que me inscribí en el gimnasio. Como esa vez lo había visto a la rápida no me había fijado en él, pero ahora noté que era atlético, de cuerpo tonificado y brazos definidos. En ningún caso era tan musculoso como Gabriel, ni tan alto, ya que debía medir poco más de metro ochenta, pero aun así era atractivo de una forma distinta. Aunque sus facciones eran cinceladas y serias, la sensual curvatura de su boca y la intensidad de sus ojos negros lo hacían ser un hombre que cualquier mujer se daría vuelta a mirar.

—No, no soy una mujer, soy Max —dijo él de forma inexpresiva mientras se sentaba al otro lado del escritorio frente a mí—. ¿Lucía, cierto?

—Sí —respondí con ganas de escapar—. Perdona, ¿tú me vas a hacer la evaluación?

Alzó grave la mirada, alertado por mi tono incómodo.

—Sí, ¿por qué? ¿Hay algún problema?

—En realidad, había pedido una profesora. Mujer —agregué por si no había quedado claro.

—No había ninguna profesora disponible en este horario, lo siento —contestó impasible—, pero ya que estás aquí, no creo que haya problema con que empecemos. ¿Apellido?

Solté un suspiro de resignación. Qué demonios. Ya que había comenzado el suplicio, mejor terminar lo antes posible con todo esto.

—Reyes. Lucía Reyes —respondí con desgana.

Max tecleó la información en un computador. Supuse que estaría creando mi ficha electrónica.

—¿Edad? —preguntó después.

¡Qué impertinencia! Esto se parecía cada vez más a una de esas incómodas visitas al ginecólogo; esas donde te pregunta si eres sexualmente activa y tú respondes si cuenta o no un polvo hace tres años.

—Veintinueve —respondí al fin.

El leve destello suspicaz que noté en su mirada me hizo querer estrangularlo. Era cierto que me veía un poco mayor, pero de treinta como mucho.

—Anotado —dijo—. Por favor sácate los zapatos para medir tu altura y tu peso.

Me descalcé con la sensación de un condenado que va al patíbulo y me subí arriba de la máquina. Él se acercó y calibró la barrita de la estatura.

—1, 58 centímetros —anotó— y peso…

¡Dios mío! ¡Eran más kilos de lo que pensaba! Maldita báscula inservible de mi baño, iba a irse directo a la basura.

—¿Estamos listos? —pregunté impaciente por acabar—. ¿Ya puedo irme?

—Apenas empezamos; levántate la camiseta, por favor.

—¡¿Qué?!

—Que te levantes la camiseta para poder medir tus perímetros, o puedes quitártela si llevas peto deportivo.

¡Quitármela! Este tipo está demente. Ni loca iba a exhibir mi piel flácida.

—¿Es necesario que me midas?

Lo vi soltar el aire con lo que solo podía ser impaciencia.

—Sí, es necesario para evaluar tus futuros progresos, conocer tu índice de grasa corporal y crearte una rutina. ¿Quieres bajar de peso o no?

Maldición, sí quería. Era lo que más quería en este mundo después de mi deseo de olvidar a Alan y  hacer que Gabriel se fijara en mí (o en su defecto, Chris Evans). Ni modo, me tocaba resignarme.

Muerta de vergüenza, me levanté la camiseta y lo dejé trabajar. Con la cinta métrica, Max calculó el contorno de mis brazos antes de agarrarme la piel del bíceps con una especie de pinza que apretaba como el demonio (adipómetro después supe que se llamaba ese instrumento de tortura). Luego midió mis muslos, temblorosos como gelatina, y remató el calvario agarrando el rollo grande del vientre para medirlo con la dichosa pinza. ¡Qué vergüenza, por Dios! Aunque sus manos se movían en mí de forma impersonal, yo no podía sentirme más humillada.

Después de cinco horribles minutos que más parecieron horas, al fin Max dejó de lado los instrumentos, se sentó y me hizo una señal para que hiciera lo mismo.

—¿Tienes alguna lesión física, Lucía, o te han operado de algo?

—Me operaron de la rodilla hace dos años, del menisco izquierdo —contesté todavía abochornada.

—¿No haces deporte porque te duele la rodilla? —dijo mientras anotaba la información en mi ficha—. Te lo pregunto porque tu cuerpo no es el de alguien que entrene.

Ja, este tipo es un genio. ¡Cómo si yo no lo supiera!

—Mi rodilla está bien —contesté molesta—. Hice rehabilitación con un kinesiólogo.

—De todas formas, la cuidaremos. Para eso tienes que fortalecer tus muslos, están flácidos porque no tienen masa corporal.

¿Escuché mal o acaba de decirme que mis muslos están flácidos?

—Además tendremos que controlar tu alimentación y tu peso —siguió él tan tranquilo—. Tu porcentaje de grasa es 40. Tienes mucha grasa, lo cual es peligroso para tu salud. Cualquier porcentaje arriba de 30 lo es.

¡Y ahora insinúa que estoy grasienta! ¿Pero quién se ha creído?

—Haremos una rutina que incluya cardio y pesas —dijo—, ¿te parece?

—No, no me parece —dije cabreada—. Gracias por tu tiempo, pero prefiero terminar ahora la evaluación.

Max frunció el ceño.

—¿Estás molesta? Creo no haber hecho nada para incomodarte.

—¿Te parece poco decir que mis muslos están flácidos? Además te faltó nada para llamarme grasienta.

—Tal vez no debí expresarme así, pero tú sabes que es verdad. Solo quise ser honesto.

Si trataba de darme una disculpa, era la peor de la historia.

—Bueno, pues buscaré otra forma de solucionarlo, muchas gracias.

—No ando con rodeos con la gente que entreno, pero te aseguro que mis métodos dan resultados. Excelentes resultados.

—No creo que me sienta cómoda con tus métodos.

Max se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.

—Bien, como quieras. Supongo que hemos terminado entonces.

Me calcé las zapatillas, sintiendo el peso de su mirada enfadada en mí y el exasperante tic tac del reloj en la pared.

—De cualquier forma, tampoco tengo tiempo de entrenar —dije para romper ese incómodo silencio.

—Me imagino.

Idiota. Tomé mi polerón que estaba abandonado en la silla y me lo puse rápido para salir de allí cuanto antes.

—Espera, Lucía —dijo de pronto Max con voz llena de asombro. Sus ojos estaban clavados sobre el logo de mi empresa bordado en el polerón—.  ¿Trabajas en Mentoring?

—Así es, soy una de las socias fundadoras.

Me sentía orgullosa de que mi consultora de negocios se hubiera hecho tan conocida. Desde que habíamos sido finalistas para el premio de emprendimiento nacional se nos duplicaron los clientes debido a la tremenda exposición de los medios.

La expresión de Max pasó del asombro a la admiración.

—¡Por supuesto! Recuerdo haber visto tu foto en algunos foros de emprendimiento. Son famosas las asesorías de tu empresa. Oye, ¿y el servicio que ofrecen cuánto vale? Es que tengo un negocio que…

¡Ay, no! Si no escapaba pronto de allí, otro más que iba a darme la lata. Siempre pasaba lo mismo. Parecía que lo único que veían los emprendedores en mí era un cerebrito con patas. Bueno, al menos ellos veían algo, porque para el resto de los hombres yo era inexistente.

—Está toda la información en nuestra página web —lo interrumpí—. Te recomiendo mandar pronto tu solicitud si estás interesado porque tenemos lista de espera de un mes.

—¿No podrías asesorarme tú por cuenta tuya?

¡Ja! A él menos que a nadie. Ese hombre no se enteraba. No quería volver a ver a ese tipo que me había apretado los rollos y me había hecho sentir como una barra de mantequilla.

—No, eso iría en contra de la política de mi empresa —mentí, poniéndome de pie. Podía haber accedido, pero no quería.

—¡Espera! —Él se levantó también—. ¿Es eso o no quieres aceptar porque fui demasiado directo? Si es así, discúlpame por favor. Ando estresado, ni te imaginas el día horrible que he tenido.

Su tono angustiado calmó mi molestia, pero de todos modos estaba decidida a irme. No alcancé a decírselo porque la llamada de alguien a la puerta nos interrumpió. El corazón me dio un vuelco cuando se asomó el hermoso rostro de Gabriel. Juro que escuché música celestial. Todo lo que no fuera él se desvaneció al instante.

—Hola Lucía —me saludó mi angelito. Me puso feliz que se acordara de mi nombre—. No traes hoy tu camiseta de Star Wars; ya no podré llamarte chica Jedi.

—Puedes llamarme Lucy, así me dicen mis amigos —dije sonriendo (como tonta, seguro). ¡Dios! Era aún más guapo de lo que recordaba.

Gabriel también sonrió.

—Perdona que haya interrumpido, Lucy… Quería saber si falta mucho para que desocupen la sala —dijo lo último mirando a Max de forma fría.

—Estamos casi terminando —respondió él de igual manera—. Vuelve en unos cinco minutos.

Gabriel asintió. Sus preciosos ojos volvieron a posarse en mí.

—Te dejo terminar tu evaluación, Lucy. Espero encontrarte pronto por el gimnasio.

Mi sonrisa se hizo más ancha todavía. Me despedí de él encandilada. Solo me di cuenta de que Max no me quitaba ojo de encima cuando cerró la puerta frente a mí.

—Te atrae Gabriel —afirmó con los brazos cruzados.

—Por favor, claro que no —Desvié la mirada—. Apenas lo conozco.

Max se quedó en silencio, como si estuviera evaluando qué decir.

—Si me asesoras, puedo ayudarte con él, ¿sabes? —dijo al fin muy serio, pendiente de mi reacción.

Mi cara se mantuvo impasible, aunque mi corazón se aceleró por la oferta.

—¿Te parezco tan desesperada como para aceptar un trato así? —De acuerdo, más o menos lo estaba, pero Max no tenía por qué saberlo.

Él soltó una exhalación y se pasó la mano por el pelo.

—No, disculpa. No quería insinuar que estabas desesperada, es solo que me pareció que él te atraía. Gabriel suele provocar ese efecto en las mujeres.

—¿Ah sí? ¿Y su novia no se pone celosa?

Bien, Lucía, eres la discreción con patas. Qué forma más sutil de averiguar si Gabriel está soltero. No sé por qué la CIA no te contrata.

—Él no tiene novia —respondió Max. Odié el brillo de sus ojos que me miraron como diciendo “¿viste que sí te interesa?”—. Ayúdame con mi negocio y yo te ayudaré con Gabriel.

Me tragué una risa irónica. Por más que fantaseara con la idea, en el fondo sabía que era imposible que Gabriel se fijara en mí. Vamos, si estaba completamente fuera de mi liga. Solo bajo efectos alucinógenos podría encontrarme guapa, pero Max no tenía pinta de narco que anduviera drogando gente.

—Mira, Max, lo siento pero mi respuesta es no. Una asesoría lleva tiempo y yo estoy muy ocupada; aunque quisiera, no podría.

—Entonces ayúdame con lo que puedas, con cualquier cosa. A cambio yo te ayudaré a conseguir el cuerpo con el que siempre soñaste —insistió él haciendo caso omiso de mi negativa—. ¿Conoces a Ana Brett? Yo soy su entrenador.

Debí haber puesto una cara de asombro total, porque Max asintió con aire satisfecho. Ana Brett era la modelo más famosa del país. Era guapísima, loca como una cabra, pero tenía un físico envidiable.

—¿En serio? —pregunté.

—En serio. Soy yo quien diseñó su programa de ejercicios y quien la entrena todas las semanas —Max me miró con decisión—. Te propongo un trato, Lucía. Dame una clase, una sola para demostrarte lo que puedo hacer por ti. Si te sientes cómoda, ofrezco entrenarte a cambio de que me ayudes; si no te gusta, no insistiré más en el asunto, ¿qué dices?

—No sé —dije poco convencida. Por un lado me tentaba la idea de ponerme en forma, pero por otro lado, no estaba segura de poder lograrlo. Menos ayudada por un hombre que aún no decidía si me caía bien.

—Vamos, solo una clase y de ahí evalúas si te gusta trabajar conmigo —dijo Max como leyéndome el pensamiento—. ¿Qué tienes que perder con una sesión de prueba? Si no te gusta, solo invertiste una hora; pero si te sientes cómoda conmigo te ayudaré a conseguir tus metas: eliminar grasa, un físico tonificado… lo que quieras —agregó. Aunque no dijo el nombre de Gabriel, algo en su tono lo insinuó—. Solo una clase, ¿trato hecho? —Me tendió la mano.

Miré el rostro entusiasta de Max, meditando mi respuesta. ¿Sería posible que él me ayudara a sentirme bien con mi cuerpo y a conseguir el amor de Gabriel? Más que posible, parecía un milagro. Aun así, no tenía nada que perder y me vi a mí misma estrechando su mano de vuelta.

—Trato hecho —dije. Y de pronto tuve el presentimiento de que estaba poniendo en marcha el nacimiento de una nueva Lucía.

 

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